En ocasiones caemos en la desesperanza, nos sentimos perturbados o cargamos con conflictos que se fueron gestando en nuestra infancia, solemos darle vueltas al asunto y seguir con nuestra vida tratando de pasar por alto este desequilibrio emocional.
Hablamos de esto con personas con quien sentimos confianza como por ejemplo, el estilista, el barbero o el cantinero, bueno ¡hasta con un amigo cercano!
Estamos pendientes de contar nuestra historia pero no estamos dispuestos a escuchar sus opiniones, solo queremos hablar y cuando ese “alguien” que escucha dice algo semejante a lo que estamos pensando sea bueno o malo; asentimos y seguimos enredándonos en nuestros propios pensamientos perturbadores. Al escuchar algo
negativo al respecto nos orilla a ver aún peor las circunstancias.
Tratamos de olvidar en el día a día que hay un dolor y así pasan semanas, meses o hasta años y, de vez en cuando sale una lágrima; ¿qué hacer con las lágrimas?
