En esta ocasión me ocuparé de este refrán, y llega de inmediato a mi mente los niños, si bien, el refrán hace referencia a una persona que pueda ser tan perspicaz e inteligente que no necesita de mayor explicación para deducir con facilidad lo que se quiere decir, si nos detenemos a observar a un niño, dentro de su desarrollo, como adultos solemos tener la firme idea de que un “niño no entiende” y, partiendo de esto tenemos ciertas actitudes incluso, fuera de lugar, con el afán de hacerlo entender, como por ejemplo, las nalgadas, pellizcos, jalones, o repetimos cientos de veces la palabra “no”.
Si nos detenemos un poco a reflexionar nuestro actuar y sobre todo a observar las grandes capacidades de los niños para entender, aunque sean pequeños de meses, si nos abrieramos a la posibilidad de establecer una comunicación con ellos partiendo de la postura de reconocer que las formas para expresar nuestras ideas y comprender las de los otros son infinitas y que existen muchos medios para relacionarnos con nuestros niños como el respeto, la claridad y la cercanía y, que esto tiene muchos mejores resultados en la comprensión y conexión que podemos tener con ellos; entonces cesaría las maneras agresivas y erróneas de comunicarnos entre los seres humanos. Entonces encontraríamos fácilmente entendedores y palabras que en esencia estarían llenas de confianza.
La confianza hace que las personas actuemos diferente pues tenemos que responder a la altura de quien la deposita en nosotros. Así que toda vez que llegue a tu mente la idea de que un niño no entiende, recapacita más bien, en la forma en que te estás
comunicando con él.
