El gusto por fumar se puede volver con facilidad en una necesidad difícil de controlar, de poco a poco el placer por disfrutar un cigarrillo, cambia hacia la ansiedad que da el tener que apagar uno, y querer otro, y luego otro.
Pareciera ser que el momento placentero pero efímero del fumar un cigarro suple por mucho, la sensación de angustia, pero como lo he dicho, es tan pasajero que por eso se busca otro y otro, en un intento por lograr perdurar la “falsa” sensación de placer.
El sujeto siente que ese cigarro puede ser el último pero al experimentar su ausencia y la ansiedad que le acompaña provocan la imposibilidad de dejar de prender el siguiente.
Ansiedad y placer forman un juego lejos-cerca; cerca-lejos, un afán por sentirse lejos de la ansiedad y cerca del placer ¿qué puede más, la necesidad de buscar el placer o el apuro por evitar a toda costa la ansiedad y angustia que da el encontrarse sin él: sin el cigarro que se convierte entonces en un sostén emocional, así que, de esta manera a pesar de que el sujeto hace grandes esfuerzos y lo dice una y otra vez: “voy a dejar de fumar” se vuelve imposible lograrlo, aun con conocimiento de causa de las afectaciones tan importantes a la salud, tiene más fuerza la necesidad de llegar a ese estado tan grato, agradable, delicioso, seductor que provoca el cigarro.
Desde la perspectiva psicológica los movimientos de succión de los labios producen serenidad y placidez en la mayoría de los casos, hay una gran satisfacción y complacencia en el placer que proporciona la sensación puramente oral.
Y, desde la perspectiva biológica las estructuras normales del cerebro, llamadas receptores se activan y liberan una sustancia química llamada dopamina, que provocan una sensación de bienestar. El placer que siente una persona en respuesta a la dopamina es uno de los mayores componentes del proceso de adicción a la nicotina.
Así que, por todos lados donde se vea, el placer es uno de los componentes principales de la adicción, se ha tomado al cigarro como objeto de deleite pero hay siempre una dificultad para gozar completamente, de ahí, la necesidad imperiosa por autoengañarnos a prolongarlo a través de cientos de cigarrillos.
Pero ¿qué hace a una persona convertir al cigarro su sostén emocional?, en esta caso no participa la voluntad sino que se vuelve un impulso y, como tal, difícil de parar o de controlar.
Cada uno tiene que hablar sobre ello, de su placer propio; mediante una
psicoterapia se puede llegar al trasfondo.
